domingo 6 de diciembre de 2009

Lo que viene después...

El matrimonio tiene que ser la relación más importante de la familia, y el hecho de que uno de los integrantes de la pareja sea el padrastro (o la madrastra) de los chicos, no modifica esta premisa – J.K. Rosemold/L. Salk

Esta es mi cuarta y última entrega sobre el tema del divorcio y sus consecuencias para la pareja y los hijos. Después de la ruptura formal y de haber superado el duelo, vendrá una nueva etapa en la que los divorciados buscarán rehacer su vida en pareja. Surgen entonces cuestionamientos comunes a todos los que viven esa situación: ¿Cuándo empezar una nueva relación? ¿Cómo presentarlo ante los hijos? ¿Qué impacto tendrá la nueva relación en mi familia?

¿Cuándo empezar una nueva relación? Dice Martha Alicia Chávez en su libro Consejos para Padres Divorciados (2009) que no hay un tiempo ideal para empezar una relación después del divorcio, pero lo importante es considerar que los padres deben esperar a que termine el período de duelo por el que los hijos pasarán para traer una nueva persona a sus vidas. No es sencillo asimilar el cambio que implica el divorcio y menos será aceptar a una nueva persona en sus vidas cuando no entienden porqué Papá y Mamá ya no viven juntos. No olvidemos que, especialmente para los niños pequeños, es difícil entender que alguien pueda tener una relación con más de una persona y más cuando se trata de sus padres. No se puede controlar cuándo llegará una nueva persona a tu vida, la recomendación es no introducirla en la vida de tus hijos antes de un período de tiempo razonable en el que hayan podido superar el duelo.

¿Cómo presentarlo ante los hijos? Aquí la respuesta pasa por un lugar común, pero no por ello de menor importancia: la nueva pareja no sustituye al padre/madre y eso debe ser claro desde la presentación hasta la diaria convivencia. Una vez aclarado es con los hijos y reforzado cotidianamente es recomendable, primero, asegurarse que es un noviazgo estable y no confundir a los hijos presentándoles a varias personas; segundo, introducirlo como un amigo e iniciar la convivencia; tercero, evitar mostrarse en situaciones de contacto físico muy cercano al iniciar la relación. Los hijos pueden, y muy probablemente van a, sentir un rechazo por el “intruso” en sus vidas. No es contra la nueva persona que se siente coraje o animadversión, sino contra la situación. Es importante ayudar a los hijos a entender esta distinción. Es normal sentir ese rechazo y por lo mismo, es importante actuar con firmeza para que las hostilidades no aumenten o se mantengan de forma indefinida. Es importante también por ello pensar y planear la presentación de una nueva persona en sus vidas.

¿Cuál será el impacto de la nueva relación? Esta es la pregunta más difícil de contestar. Estará en función de la dinámica familiar, de lo dañino que haya sido el proceso de divorcio y de la madurez y apertura de la nueva pareja. Lo que será clave para facilitar la transición es respetar el concepto de que el tiempo de tus hijos es exclusivo. Si bien la nueva relación requiere dedicación, no se debe sustraer tiempo de “una cuenta” para depositar en la otra.

Para cerrar quiero compartirles unos conceptos que condensan lo que pienso sobre el tema al que he dedicado mis recientes publicaciones. Igual que Blanca Armijo, del centro CBP Psicólogos (España), pienso que ahora nos separamos antes de haber dado tiempo a que se produzca el amor maduro, un sentimiento que debe seguir a la pasión de la primera etapa de la relación: "Cuando se acaba la fase inicial del enamoramiento se producen muchas rupturas”. Se tiene menos tolerancia, es más sencillo separarse (económica y legalmente), se confunde la etapa del enamoramiento con el amor maduro y cada vez son más las personas con el síndrome de Peter Pan; individuos que se niegan a crecer y por ello, se resisten al compromiso hasta bien entrada la madurez o incluso permanentemente. Ese “niño-viejo” ve a la pareja como un compañero de juegos o, incluso, como un juguete. Cuando se “acaba la pila” o se le “rompe una pieza”, ya no sirve y hay que comprar uno nuevo.

El psicólogo Raúl Padilla, del Centro Psicantropía (España), asegura que las parejas son cada vez más prácticas y que esto va en detrimento de las relaciones. "Estamos inmersos en una cultura que nos empuja a poseer más, a disfrutar y buscar la felicidad casi compulsivamente. Se tiende a analizar las cosas en términos de consumo: si mi coche se ha quedado viejo, lo tiro y me compro otro. Lo mismo pasa con las relaciones de pareja".

El tema del divorcio es complejo y deja huellas imposibles de borrar. Lo dije al iniciar el bloque: hay relaciones que se vale terminar, pero eso no hace que el divorcio se vuelva terso y sin consecuencias para todos los miembros de la familia. Todas las decisiones de vida deberían ser pensadas detenidamente, analizadas, consultadas con profesionales y valoradas antes de llevarse a la práctica. El divorcio es sin duda una decisión que exige algo a lo que los invito siempre: PENSAR.

domingo 29 de noviembre de 2009

Los Padres y el Divorcio

“Los padres podrán dejar de vivir juntos, pero siguen siendo padres para siempre” – Dr. Eduardo J. Cárdenas

El divorcio es, en la mayoría de los casos, la culminación de un proceso doloroso mediante el cual se destruye lentamente una relación conyugal. Durante el tiempo que este dura, los protagonistas de la historia enfrentan situaciones que son retadoras en el plano emocional. Los involucrados debe tener una fuerza interna que le permita sobreponerse a todos los episodios negativos que inevitablemente componen la ruptura. Cuando los protagonistas de la historia son no sólo dos, sino también los hijos, las complicaciones formarán una lista más larga que debe ser considerada por quienes tomaron la decisión.
Los adultos dejarán su vida conyugal a un lado, pasaran por un proceso de duelo y finalmente retomarán su camino y la mayoría construirá una nueva relación amorosa. Esa transición no es igual en el plano familiar. Como lo dice la cita con la que inicié, el vínculo con los hijos es perenne y por ello debe ser motivo de especial cuidado y atención en el proceso de divorcio y en los años subsecuentes.
En esta tercera entrega en el tema que me propuse sobre el divorcio, compartiré algunos problemas que comúnmente enfrentan las parejas que deciden terminar formalmente su matrimonio y para cada uno, ideas y sugerencias sobre el manejo de los mismos, concentrándome en dos áreas: los derechos básicos y el relevante tema de la educación.

Primero, cuidar los derechos de los niños.
Al leerla con frialdad suena elemental: todos los niños, todas las personas, tienen derechos. Parece obvio decir que no podemos perder de vista las necesidades básicas como la alimentación, casa, salud, educación y vestido, pero esto, al calor de una batalla durante una separación, empieza a dejar de ser claro y propicia incluso que los padres usen a los hijos como un arma en su batalla al tiempo que menoscaban algunos de sus derechos. Los hijos de un matrimonio que se divorcia deben tener claro en dónde van a vivir; en la medida de lo posible, con el menor número de cambios de hogar. El padre y la madre deben cumplir con sus obligaciones económicas y asegurar la alimentación y la salud de los hijos. Este tema es siempre el más difícil durante un divorcio porque el cónyuge que pierde el control sobre el gasto del hogar, asume comúnmente que no se hará buen uso de su aportación y empieza a restringir el flujo del efectivo. Esto, más que afectar a la expareja o servir como medio de control, termina por dañar a los hijos, quienes ven disminuida su calidad material de vida.

Segundo, cuidar la educación de los niños.
En el tema de la educación de los hijos, no solamente se viven los problemas económicos relativos al pago de las colegiaturas y útiles escolares, sino uno problema más complejo y difícil de resolver: las decisiones conjuntas sobre cómo educar se vuelven casi imposibles de tomar por la separación.
Los padres deberían ofrecer una educación con base en una convivencia civilizada e integradora. Esto es un reto cuando el divorcio no se da en los mejores términos. Un componente clave de cualquier proceso formativo es el ejemplo. Si los padres que se divorcian buscan inculcar preceptos éticos y morales pero están inmersos en una batalla por la cual degradan e insultan a la expareja, a la familia política y amigos; si critican el trabajo del excónyuge o su desempeño en el mismo; si no tienen la capacidad de manejar sus conflictos en privado, difícilmente podrán educar en la virtud por la incongruencia entre lo predicado y lo realizado. Otro tema relativo a la educación de los hijos es que debe haber un acuerdo en los temas elementales de disciplina y reglas de comportamiento. La disciplina y reglas claras y firmes deben mantenerse pues la separación no es un pretexto para hacer concesiones en ese campo y lo más importante, debe darse una negociación para que los hijos vivan siempre las mismas reglas con ambos.

Los padres después del divorcio empezarán una etapa de reconstrucción. Esta implicará en la mayoría de los casos el encontrar una nueva pareja e iniciar una relación que introducirá nuevos retos a la vida familiar, en especial en la convivencia con los hijos. ¿Cuándo empezar una nueva relación? ¿Cómo presentarlo ante los hijos? ¿Qué impacto tendrá la nueva relación en la formación? La respuesta a estas preguntas y algunas ideas más serán parte de la cuarta y última parte de este bloque sobre el divorcio.

Seguimos…

domingo 22 de noviembre de 2009

Los Hijos y el Divorcio

Hoy comparto con ustedes la segunda de cuatro partes en una serie de escritos sobre el divorcio, causas y consecuencias. Este día tocaré un tema que es quizá el más delicado para aquellos que consideran divorciarse o que ya han pasado por ese trance: Los hijos y el divorcio.

En la mayoría de los estudios y libros sobre el tema, se coincide en analizar la problemática con relación a dos aspectos: los llamados “efectos sociales” para los hijos y los llamados “efectos emocionales”.

En la parte social: los hijos que viven el proceso de divorcio de sus padres enfrentarán una pérdida del poder adquisitivo de su familia; cambio de casa, escuela y amigos; cambio en la aceptación por parte del grupo social al que pertenecen y convivencia forzada con miembros de la familia.

Algo elemental que se deja de lado al iniciar un proceso de divorcio es que ahora se requerirán recursos para sostener dos casas, cuando antes los gastos se compartían y había un solo techo. Esto implicará más restricciones de las habituales en el aspecto material de la vida y ayudará a darle una connotación negativa mayor al proceso de separación que la familia está viviendo. También es muy probable que los hijos deban pasar por un cambio de casa y en ocasiones de ciudad, por lo que deberán dejar su escuela y amigos. Esas transiciones sociales son normalmente difíciles y requieren de un período de adaptación en el que la persona debe hacer uso de sus capacidades sociales para integrarse en el menor tiempo posible y reduciendo la ansiedad que el cambio produce; cuando esto se da producto de un divorcio, la capacidad de hacerle frente al cambio disminuye porque “los recursos emocionales” están dedicados a los padres y la pérdida, y por ello se dispone de menos para ser fuerte ante el nuevo entorno social. Desgraciadamente, producto de prejuicios sociales o religiosos, otro reto social es que a los hijos de padres divorciados se les señala y no se les trata igual en algunos ámbitos. Hay ambientes conservadores que los estigmatizan y que buscan evitar que convivan con los hijos de matrimonios que se mantienen unidos; hay también, en el otro extremo, personas que por tratar de apoyar al hijo de padres divorciados, le consienten actitudes que a otros niños “normales” no le permitirían y eso hace que el niño desarrolle conductas negativas al verse estimulado a ello. Finalmente, el divorcio puede llevar a los niños a convivir con abuelos o tíos que antes no veían tan seguido, por el hecho de que su padre/madre trabaja y no tiene el tiempo suficiente para cuidarlos. Estos familiares no necesariamente los reciben con apertura y amor y eso puede causar también un daño al estado del hijo.

En la parte emocional: los hijos tienden a pensar que de su “buen desempeño” depende que el matrimonio siga unido; alimentan la fantasía de que su padres en algún momento volverán a estar juntos; a los que se les permite tomar el rol del padre/madre ausente, tendrá luego problemas para tener una pareja.

Varía en función de la edad de los hijos al momento del divorcio, pero la mayoría tiende a pensar que si arregla su cuarto, que si cumple en la escuela, que si gana un torneo deportivo, que si deja de salir tarde por las noches o que si deja de fumar o beber, sus padres no se divorciaran. Esto lo motiva su falta de comprensión sobre las razones de fondo para la ruptura, su falta de experiencia con las relaciones de pareja y la vivencia de discusiones familiares en las que se le regañó por su desempeño. Esa combinación despierta un sentido de culpa que se debe trabajar mucho para superar. También los hijos sufren emocionalmente porque desean que los padres se vuelvan a juntar y en cada reunión, aun las que son parte del trámite del divorcio, ellos ven una posibilidad de regreso. Si los padres conviven bajo un mismo techo, el grado de confusión será mayor. Otro problema emocional que se experimenta es producto del deseo que muchos hijos tienen de tomar el lugar de quien se fue y que, infortunadamente, muchos padres permiten que suceda. Los niños toman actitudes que van desde sentarse en la silla donde se sentaba el ausente, dormir en su cama, hasta exigir al padre/madre un horario de llegada, modo de vestir y veto en sus amistades. La parte más complicada de esto último, es que a esos hijos les costará mucho trabajo tener una pareja porque en su inconsciente, el padre/madre que controlan es ya su pareja.

En la mayoría de los escritos sobre el tema hay una serie de recomendaciones que considero necesario atender para reducir, en lo posible, el daño a los hijos durante y después de un proceso de divorcio. La lista incluye cosas como no usar a los hijos como mensajeros (no mandarle los mensajes duros al ex con un hijo); no criticar a la expareja ni enfatizar lo negativo de ella con los hijos; no hacer equipo con los hijos para dañar a la expareja y en general, no usarlos como un instrumento para atacar a la expareja.
Es crítico que los padres se ocupen de los hijos para que ellos no hagan del divorcio un sinónimo de abandono. En las nuevas circunstancias se vuelve más importante cumplir lo que se promete porque los hijos estarán más atentos a todas y cada una de las palabras y el impacto emocional de los incumplimientos será magnificado, cuidando no sobre-compensar porque también puede darse el caso de que los hijos chantajeen a los padres y obtengan más de lo que deben, con la excusa del dolor que les produjo la separación.

Finalmente, les comparto una cita de Martha Alicia Chávez tomada de su libro Consejos para padres divorciados: “No es el divorcio en si lo que les arruina la vida a los hijos, sino el desamor de los padres, el abandono y el pésimo manejo que muchos hacen del proceso… y, aún cuando los hijos estuvieran de acuerdo con el divorcio por lo disfuncional, conflictiva y dolorosa que pudiera ser la relación de sus padres, vivirán un proceso de duelo.”

Este tema me llevó a pensar en lo que deben trabajar los padres de manera especial en materia de educación con sus hijos cuando pasan por un proceso de divorcio y para ello espero contar con su lectura la próxima semana.

Seguimos.

domingo 15 de noviembre de 2009

El divorcio es un proceso doloroso.

La semana pasada dije que se vale terminar una relación cuando el respeto a la dignidad de la persona se ha perdido. Con ello inicié un camino sobre lo que viene después de tomar la decisión de terminar formalmente un matrimonio. Hoy empiezo entonces una serie de cuatro escritos en los que me ocuparé de ciertas ideas en torno al divorcio, su proceso, sus consecuencias y el nuevo estado de vida.

La ruptura del vínculo conyugal tiene cuatro etapas. Primera, la decisión. Normalmente la toma un miembro de la pareja que está cansado de soportar meses o años de disputas, desilusiones, ofensas y frustraciones. El ser el tomador de la decisión hace que la persona experimente sentimientos de culpa, aislamiento, que tenga dificultades para atender otros temas y, en algunos casos, que sufra ansiedad e incluso depresión. Segunda, el planeamiento de la ruptura. Aquí se hace explícita la decisión tomada y se hacen propuestas para la repartición del patrimonio y acuerdos sobre el futuro de los hijos. Esta es quizá la etapa más difícil del proceso porque es casi imposible tener un acuerdo al 100% en las condiciones de la separación y por ello es común que se vivan peleas, que se de la descalificación mutua y que afloren los sentimientos y las conductas agresivas. Tercera, la separación. Esta, al convertir el rompimiento en un hecho tangible, se convierte en el paso inicial para la aceptación de la pérdida de la relación de la pareja y la unidad familiar. Se sufre una desorientación emocional ante la imposibilidad de coordinar la convivencia con afectos y vínculos preexistentes a la separación; hijos, familiares políticos y amigos, a los que no se sabe cómo tratar producto del nuevo estado de vida. Cuarto, la desvinculación. Esta implica la renuncia a la fantasía de reunificación, el trabajo para reconstruir la imagen positiva (internamente y desde el punto de vista emocional) de quien se ha divorciado, así como la creación de nuevos vínculos, incluido el comenzar a pensar en una nueva relación de pareja.

Una vez que se ha tomado la decisión de divorciarse, es necesario tener en cuenta que hay 2 causas que justifican dicho acto, desde el punto de vista civil. La primera, y desde el punto de vista procesal más sencilla, es el mutuo acuerdo. Si los cónyuges coinciden en que no es posible continuar con el matrimonio y no tienen objeciones para la separación, podrán llevarlo a cabo de esa manera. La ley hace una distinción para divorcios voluntarios cuando hay hijos de por medio y cuando no los hay. En este último caso al divorcio lo llama “administrativo”. La segunda, es la demanda unilateral del divorcio o el divorcio catalogado como necesario. Esto se da cuando se demuestra que uno de los cónyuges incurrió en violación grave de los deberes y obligaciones que le impone el matrimonio para con el cónyuge y los hijos que torne intolerable la vida en común y se incluye aquí la infidelidad, el abandono, el alcoholismo y la drogadicción.

El divorcio es un proceso doloroso. No importa que simplifiquemos con palabras una serie de acciones que parecen los pasos en el manual de ensamble de un producto; el divorcio es en casi la totalidad de los casos, el origen de problemas emocionales que terminan, en muchas ocasiones, desatando trastornos físicos.

Somos seres con emociones, pensamientos y sentimientos. Cuando experimentamos la emoción de la ruptura, se vuelve casi inevitable pensar en la palabra fracaso por no haber logrado mantener un matrimonio exitoso y luego padecer sentimientos de culpa por el daño que causamos a otros, especialmente si hay hijos de por medio y sentimientos de coraje o enojo hacia quien consideramos responsable de la situación, sin descartar que pueden ser dirigidos a uno mismo.

El duelo es un proceso normal que se vive frente a una pérdida. Cuando vivimos la pérdida del matrimonio, tendremos que vivir un período de duelo. Es inevitable. No hay un plazo en tiempo que sea uniforme para todas las personas, pero lo que es seguro, es que quien se divorcia vivirá semanas, meses o incluso años extrañando el vínculo roto y todas las relaciones y rutinas asociadas a él. Es curioso y muy importante resaltar que somos dados, con el tiempo y superado el proceso de duelo, a olvidar lo negativo o reducir su importancia, mientras que empezamos a exaltar lo positivo e incluso idealizarlo. Esto último puede volver especialmente difícil para el reinicio de una nueva vida. Muchos lo llaman el auto-sabotaje.

Triste admitirlo, pero hay condiciones por las cuales se vale terminar. Una vez resuelto el divorcio, cobran vida las preguntas que en la mente de los cónyuges vivían desde tiempo atrás: ¿Cómo va a afectar todo esto a los hijos? ¿Qué cambios o adaptaciones requerirá su educación? ¿Cómo iniciar una nueva vida? ¿Qué implicaciones tendrá para mi nueva vida la relación con mis hijos y mi expareja? Y sobre las respuestas escribiré los próximos tres domingos.

Seguimos…

domingo 8 de noviembre de 2009

Se Vale Terminar

El primer escrito en mi blog respecto al tema matrimonial y motivo confeso atrás de esta aventura en la red, fue y sigue siendo la cada vez mayor cantidad de matrimonios entre personas cercanas a mi que deciden separarse o divorciarse. Eso combinado con mi deseo de leer, aprender y compartir, me llevó a escribir las cosas que fui encontrando por el camino combinadas con mis ideas y como diría cierta psicóloga que conozco, con la proyección de mi inconsciente.

El camino inicial, sin proponérmelo específicamente, fue pintando una ruta que habla sobre la preparación para el matrimonio, sobre los problemas, la comunicación, el sexo y los conflictos. Hoy quiero compartir algo que también forma parte de mis creencias y no por haberlo dejado "al final de la lista" es menos importante: Yo creo que se vale terminar.

Sin importar que mi opinión sea, como ya lo expresé, que en nuestra generación hay un menor compromiso con la lucha por seguir construyendo la relación en la que nos comprometimos al casarnos y que para mi eso es muestra de la falta de determinación de las personas, debo dejar en claro que eso no se contrapone con la existencia de situaciones que hacen inviable una relación y dejan como camino únicamente la disolución.

Mila Cahue escribió tres puntos para evaluar a conciencia la decisión de terminar, que me parecen al revisarlos juntos, una herramienta práctica y valiosa. Por ello hoy se las comparto y agrego mis ideas sobre cada uno.

1. Respeto: no causar daño físico, emocional o psicológico a la pareja.
Este primer elemento es fundamental y más allá del matrimonio o cualquier tipo de relación, tiene que ver con la dignidad humana. No importa el amor que nos haya unido en principio, ni lo mucho que alguien nos guste o lo bien que en el pasado nos haya hecho sentir. La dignidad de la persona es un concepto que debe tenerse en el primer lugar de cualquier lista que pretende revisar el estado de convivencia de una pareja, un grupo e incluso la sociedad. Si alguien ha sufrido daño físico, si ha recibido abusos verbales o con actitudes aparentemente "sin intención de dañar", si ha pasado por períodos (así sean breves) en los que le han secuestrado su libertad de expresarse, convivir, desarrollarse o decidir, DEBE TERMINAR INMEDIATAMENTE LA RELACIÓN TÓXICA EN LA QUE SE ENCUENTRA. No valen argumentos justificantes como los hijos, los bienes materiales o el qué dirán. Un ser humano que ha sido vejado y cuya dignidad ha sido vulnerada, debe pedir el apoyo que necesite y tomar las decisiones requeridas, para salir de esa condición de falta de respeto elemental.

2. Aceptación: compromiso personal de admitir a la otra persona como es, sin reproches ni exigencias.
Este segundo concepto está muy relacionado con algo que escribí en mis publicaciones iniciales y es la madurez e inteligencia con la que se debe asimilar el compromiso contraído al comprometerse en matrimonio. La promesa principal del "te acepto a ti" implica que seré capaz de amar, ACEPTAR y perdonar, a la persona que escogí para construir un vínculo conyugal. La aceptación tiene, desde mi punto de vista, una pre-condición: que durante el período previo al matrimonio hicimos lo necesario para conocer a nuestra pareja; que exploramos a fondo mediante la convivencia que el noviazgo facilita, en lo bueno y lo malo de la persona; que además del descubrimiento de la pareja, reflexionamos sobre lo que nos gustaba y lo que deséabamos para el futuro. Si la pre-condición descrita no se dio y por ello, después de algunos meses o años de vida matrimonial aceptamos conscientemente que nos es imposible aceptar a nuestra pareja como es, lo más honesto es terminar. No podemos dañar para siempre a una persona y negarle la posibilidad de que rehaga su vida, por el egoísmo de mantener una fachada que no se sustenta en una real, honesta y desinteresada aceptación. NOTA: Tomar conciencia de que no acepto a mi pareja, debe ser un llamado al auto análisis y al pedido de ayuda profesional. Es probable que la persona tenga dificultades para aceptar a los demás y éstas deben subsanarse antes de intentar reconstruir la relación o iniciar una nueva.

3. Generosidad recíproca: consolidar la relación mediante aportaciones equilibradas, constantes y desinteresadas, a la vida en pareja.
Este tercer concepto es clave en la vida de un matrimonio; lo obviamos la mayoría de las veces porque la generosidad se vive a pequeñas gotas diariamente en actos que por ser parte de lo cotidiano parecen intrascendentes, pero que a la vuelta de unos años, llenan un recipiente que como todos, tiene un límite y termina por desbordarse. La entrega que se hace DE UN SÓLO LADO es tan mala como la falta de entrega. La reciprocidad es un concepto insustituible en la definición. Cuando uno de los cónyuges deja de aportar y el otro mantiene el esfuerzo, el daño crece en forma exponencial. Si vivimos en una relación en la que no somos correspondidos en la generosidad o por la que ya no somos capaces de ser generosos, no tengo duda en decir que debemos darla por terminada.

Si al hacer el repaso de los 3 componentes de la herramienta encontramos evidencia suficiente en la vida de nuestra relación, como lo dije desde el inicio, se vale terminar. Nunca ha sido mi intención defender una posición anacrónica de que el matrimonio se debe mantener por encima de los daños a la dignidad humana y menos por motivos banales como los causados por la estigamtización de la sociedad. Lo que sostengo es que una relación es un reto de vida que hay que afrontar con voluntad. Y también como siempre, creo que debemos pensar en las consecuencias futuras de nuestras decisiones; no para frenar algo que deba ser disuelto, sino para afrontar con inteligencia y solvencia los retos que vendrán con el nuevo estado de vida.

En las siguientes cuatro semanas escribiré sobre lo que viene después de la decisión de terminar. Primero sobre el Divorcio, su proceso y resolución. Segundo, sobre las consecuencias para la familia, en especial para los hijos. Tercero, estrategias para Padres divorciados en el manejo de la educación de sus hijos. Finalmente, un cuarto tema sobre cómo reiniciar una relación cuando se tiene una ex-pareja e hijos como parte del bagaje de vida.

Como siempre, espero que sigan conmigo...